T-clado

por: coronelmarmaduque

agosto 3rd, 2013 // Corcheas, Revistas

Christian Riffo.  O Raúl Risso. Uno de esos dos era el nombre de mi profesor de teclado. En esa brillante época – pero acá brillante no es un juicio de valor, sino una característica etérea, el tono que habría que darle a la serie de televisión sobre los noventas – mis padres le pagaban a Christian (o a Raúl) para que iniciaran a mí y a mi hermana en el arte de hacer sonidos con una pianola electrónica. Sin duda, este bizarro instrumento era un reflejo fiel de modernidad sudaca: de líneas sólidas, colorido sobrio, emulando mal un instrumento real, pero con luces y botones tan numerosos como inútiles. Un instrumento para el self-made man que el mundo nos prometía llegar a ser, que ese Chile apenas saliendo de la oscuridad con una inercia de transbordador nos ofrecía encarnar: con la izquierda (la mano, no la tendencia política), el Casio de 4 octavas permitía modular secuencias armónicas con decenas de ritmos (desde bossa-nova hasta rock pesado) y a velocidades ajustables, y con la derecha era posible generar melodías con los más variados instrumentos (violines, marimbas, trompetas y hasta una voz que enumeraba en inglés). El resultado era macabramente sintético (casi tanto como el sueño del self-made man) e inorgánico, pero lo acepté: era la manera de hacer música que mi época me había concedido.

Aún recuerdo al tipo, seguidor de la misma doctrina que Christian (o Raúl), que  se plantaba todos los domingos en el hall de entrada del supermercado a interpretar covers al estilo Kenny G y una canción que también se usaba como jingle de la tienda. No lo admiraba pero mi viejo sí, y supongo que eso lo animaba a seguir pagándonos las clases, mientras los niños del mundo aprendían solfeo, piano funcional y algún instrumento real. No conformándose con la técnica, Christian (o Raúl) nos llevaba un paso más allá torturándonos con el repertorio. Sólo recuerdo Electricidad de Lucerito y The Final Countdown (que era, debo admitir, bastante difícil). Recuerdo haber solicitado explícitamente aprender la canción que se usaba para promocionar al supermercado (¿habrá sido, acaso, la idea de que el esfuerzo me hundía en la vileza, al punto de salvarme?). De puro tozudo, fui más allá y saqué los acordes sin el modo automático de acompañamiento electrónico al que estaba habituado. En cierta ocasión la toqué frente al profesor de música del colegio, quien me bendijo con dos minutos y medio de atención, porque reconoció la melodía de una película de Chaplin. Omití la fuente, por supuesto, y fui admirado como joven cinéfilo. Fue el peak y el comienzo del ocaso de mi carrera como tecladista.

No tengo nada que agradecerle a Riffo (o Risso), pero la anécdota me sirve para introducir a Sound 8 Orchestra. Admito que me reconcilié con la escuela Casio al conocer a este dúo batería-teclado, que retoma la tradición de la pianola con acompañamiento automático, ese sueño ochento-noventero, y le da una vuelta de tuerca para transformarlo en una sicodélica y por lo menos interesante revisión de lo que yo consideraría incluso un estilo. Acompañados de una proyección de cintas de video antiguas (similares a la del clip que pego a continuación), estos alemanes sacan algunos pasos de baile y recuerdos nostálgicos a la concurrencia, venidos de ese tiempo en que se pensó que la música entera se podía embutir en una caja negra con teclas plásticas.

 

 

 

 

One Response to “T-clado”

  1. Puno dice:

    jajaja wenas!..bien pagajosa la cancioncita.

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