// agosto 13th, 2011 // 3 Mentiras » // Libros
A principios de junio de este año estuvimos con el destacado dramaturgo nacional Ramón Griffero, autor de obras teatrales tan reconocidas como Cinema Utoppia, Río abajo o Chile Bi-200. En este fragmento de una larga entrevista que le realizamos en su oficina de la Escuela de Teatro de la Universidad ARCIS, de la cual es director, Griffero nos habla de la relación de su teatro con las figuras de poder, el desarrollo que tuvo su propia visión artística con respecto a la realidad de Chile de los últimos 30 años y el papel que cumple el arte dramático en las perspectivas de transformación social en nuestro país.
Por Rodolfo de la Cuadra P.

En su teatro hay, me parece, cierta obsesión por caracterizar a personajes que encarnan las formas más autoritarias del poder. La pregunta es, ¿Cuál es el papel desempeñado por estos personajes dentro de la estructura de sus obras dramáticas? ¿Pueden leerse, además, como representaciones, realistas o no, de los traumas que nos causó como nación la dictadura militar?
Bueno, tiene que ver fundamentalmente porque yo primero hice teatro por la dictadura, no porque me interesara el teatro: el teatro como medio de expresión que podía tener yo al alcance para poder resistir una dictadura, no iba a tomar una metralleta, no me daba. Porque sí encontraba que la resistencia podía hacerse desde al arte y de la cultura, y desde ahí poder hablar y manifestar puntos de vista, emociones, sensaciones: toda la disidencia que uno tenía con respecto a lo que vivía nuestro país. Yo estaba exiliado, después volví, y escribí mis primeras obras (Historias de un galpón abandonado, Cinema Utoppia, 99 – La Morgue), que son obras escritas bajo la dictadura, en contra, obviamente, de lo que se estaba viviendo. Historias de un galpón abandonado es una obra en donde la Junta Militar es la que gobierna el galpón, es una metáfora; para mí esta obra va reflejando un poco la metáfora de cómo era el país: Chile era un galpón abandonado, con unos habitantes dominados por esta gente perversa que vivía en un ropero gigante, visto obviamente desde el lenguaje teatral. En Cinema Utopía el cine está en los años cuarenta, no correspondería mucho, pero sí es también una película que habla de un futuro sobre exiliados, sobre detenidos desaparecidos que van apareciendo en la pantalla. En 99 – la Morgue ya es más explícito, porque ahí el director de la morgue dirige el país que es como una gran morgue. Ahí este personaje esconde los cuerpos de los detenidos desaparecidos, abusa de ellos, falsifica la autopsias, por lo tanto, la figura de la que hablas está bien presente. Después, en la transición, en Río abajo, está Willy, el ex CNI que ahora es narcotraficante y que tiene nostalgia de su tiempo y que se pregunta que por qué, si le ponían tres estrellas en el uniforme, él estaba actuando mal. En Fin del Eclipse está el teniente, al que se le ordena hacer ejecutar a 33 personas. Siempre, obviamente, hay una figura, pero que tiene un conflicto que no es que lo vea en el lugar de “malo”, sino que es más bien el que está ahí producto de una estructura de mundo y de país que sitúa a un individuo como uno al que se permite ese abuso. Es como el Willy —personaje de Río abajo— que dice: “el que tiró la bomba atómica en Hiroshima es un héroe y yo, que comparado con eso maté unos poquitos, no entiendo por qué estoy siendo tan cuestionado”. Está hablando más o menos de un lugar más macro, de un sistema planetario que sucede en Chile, del problema de nuestra especie. Eso, más que el malo y el bueno de la película. ¿Cuál es el bueno? ¿Cuál es el malo? ¿En qué contextos vamos generando estos personajes que son el producto, obviamente, de estructuras más complejas, que los superan?
¿Cuál es la mirada de su teatro con relación ahora a los poderes morales de nuestra sociedad? ¿Cómo se desarrolla, en mismo este escenario, el tratamiento de un tema como la homosexualidad, por ejemplo, en sus obras?
Yo creo que la primera obra en donde usé un personaje gay tuve la intención, en el fondo, no de tratar la problemática gay, sino con el objeto de aportar un personaje más de una historia en la cual su condición gay no determina nada; en cierta manera, como para presentarlo dentro de la diversidad y la normalidad. Sí tiene una relectura con el objetivo de darle otra perspectiva a la opción sexual gay, pero también entregar otras visiones sobre el asunto. Cinema Utoppia es un ejemplo de esto, pues se presenta la homosexualidad no de un lugar valórico sino de un lugar emotivo, en el sentido de que el personaje de Sebastián, cuya novia es una detenida desaparecida, hace el amor con un amigo revolucionario sin necesariamente ser gay. En Río abajo el personaje gay, el fotógrafo, tiene el conflicto, y el amigo le dice: “tú no eres ni maricón ni macho, eres joven”, dando entender que como joven tú puedes experimentar todas las opciones que quieras, o entregarte, entre comillas, “a la vida”; más bien, la reflexión es: la vida te ofrece esto y tú optas, y no por eso debe haber una valoración social o moral negativa.
«el arte es un lugar de resistencia perenne; que esta resistencia tenga resultados concretos o no a la larga, ya es otra historia»
¿Cuáles considera Ud. que son las diferencias de su producción desarrollada en tres momentos tan demarcados ocurridos en nuestro país desde los años ochenta, como lo son la dictadura, la transición y la consolidación de un sistema nominalmente democrático marcado fuertemente por el modelo neoliberal?
Sí, son tres espíritus de épocas completamente diferentes que parece que hubieran sido de otra dimensión. Cuando pensamos “bajo la dictadura” a veces nos olvidamos que estamos hablando “bajo la Guerra Fría”, de ese momento en que existía el comunismo y el imperialismo en pugna, todavía no caía el muro de Berlín y había una dictadura en Chile. Es una inmersión en un mundo en que hoy día a la gente que no lo vivió le cuesta mucho entender cómo podía alguien morir por un ideal; hoy día nadie moriría por eso. Cuando tú les preguntas a los jóvenes “¿por qué morirías?”, nadie te diría que va a morir por el PPD (Se ríe a carcajadas).
Pero hemos visto recientemente casos de jóvenes anarquistas que, equivocadamente o no, sí han arriesgado sus propias vidas…
…Claro, pero eso es más por un gesto puntual, no en términos globales. Ya la gente no muere por un país, por un partido, por una idea en términos masivos; eso antes implicaba que todos los que morían por el facismo murieron pensando que el fascismo era bueno, hablando en ciertos términos como de utopías sociales. Entonces, obviamente que todas esas obras que se estructuran bajo la dictadura tienen que ver con algo bien concreto y con un lugar desde dónde hablar y de lo que uno quiere hablar. Después, bajo la “transición”, se me dio muy poco el escribir de nuevo porque yo había hecho teatro para resistir una dictadura, pero luego había llegado la democracia, y el escribir o el ser dramaturgo para mí ya no tenía mucho sentido. Hasta que escribí unos cuentos, “Soy de la Plaza Italia”, y desde ahí hice un cambio en la perspectiva: pensé que en realidad también existen las utopías personales, que también son reprimidas por un sistema (Éxtasis o las sendas de la santidad, Río abajo, fueron las obras que cristalizaron esa idea) y también el sentir de que la democracia que había llegado no era “la bella durmiente” que esperábamos, sino que también había un lugar en donde el arte podía ser una resistencia. Y, finalmente, en el tercer periodo, en las últimas obras sobre la globalización, existe ya la convicción de que el arte no es solamente un lugar de resistencia contra una dictadura, sino de que el arte es un lugar de resistencia perenne; que esta resistencia tenga resultados concretos o no a la larga, ya es otra historia, pero como gesto, sigue siendo un acto de resistencia. Esencialmente, el arte —el verdadero, no el de mercado— para mí ahora es un lugar donde se construye ficción, desde el momento en que la política ya no es un espacio que construye o imagina el devenir de la sociedad, el lugar desde donde se habla de la muerte, de los sueños, de la existencia, sino que la política se vuelve un cargo administrativo; está bien, pero ya no es el lugar de otro tipo de ficciones, y solamente se encarga de administrar un sistema. El verdadero arte queda como el último lugar desde donde construir las ficciones del mañana, y el lugar también desde donde se da una mirada crítica sobre las ficciones que existen. Ficciones yo les llamo a las estructuras sociales que dominan un momento, en donde una ficción puede ser reemplazada por otra.
¿Cree usted que ahora, cuando todos los socialismos reales han sucumbido frente al neoliberalismo, cuando la preocupación de las masas pareciera ser solamente el consumo de los bienes que produce el mercado, que el teatro pueda llegar a ser alguna vez una manera efectiva de movilización social?
Bueno, yo creo que el arte o el teatro puede construir nuevos saberes, no sé tanto de que pueda cambiar la sociedad en sí en un instante. Cuando el teatro del Renacimiento, por ejemplo, propone el espíritu o la idea de la democracia, donde el individuo es dueño de su destino y el arte renacentista genera una nueva perspectiva del hombre, vemos que esa nueva perpectiva del hombre no la genera la política, la genera el arte. Es el arte el que cambia la visión del hombre, y de ahí permite elaborar la ficción de la democracia; que esa ficción funcione o no funcione ya es otro cuento. Pero no un arte que sea telonero de la ideología política, como lo fue en el siglo XX en el que el teatro era telonero de una ideología para hacer conciencia sobre el pensamiento al cual estaba adscrito: teatro fachista, teatro comunista, teatro anarquista. Está bien para su época, pero hoy día el teatro no es telonero de una ideología, pues tiene un rol un poco más complejo que consiste, desde mi punto de vista, en revelar que las estructuras que existen no son verdades absolutas. Yo creo que ese es un primer paso. El teatro no es que tenga que dar respuestas, sino ampliar las percepciones y los saberes sobre la realidad y de ahí pueden surgir respuestas, y de ahí puede surgir algo. Pero no es que necesariamente sea el teatro el que diga “esta es la realidad que tenemos que construir”, porque tampoco lo sabe. Pero sí, desde la percepción el arte puede darle a esa dimensión de la realidad otro lugar desde donde ser visto. Y eso sí quiebra un poco con la unidimensionalidad del pensamiento de la globalización; desde este lugar el arte de hoy siempre resiste, se incorpora a la cultura del mañana, se incorpora como saber al patrimonio de un país. (PV)

Pajaroverdeano junto a Ramón Griffero